Carta de navegación 

Cogió el papel de la mesa, lo apretó fuertemente haciéndolo una bola y abrió la mano. El papel cayó al suelo haciendo un mínimo ruido, apenas imperceptible, como para espantar q los medios que a su alrededor tenía. Un espejo le mostraba su demacrada cara, donde unas horribles bolsas abrazaban sus llorosos ojos. Se le escapó una sonrisa, cerró los ojos y si dejó volar su imaginación durante un minuto. Se agachó, palpó el suelo en busca de la bola de papel que, unos minutos atrás, había abandonado a su suerte en mitad del aire. Abrió la pelota, releyó lo escrito en ella y se dio cuenta de lo que se perdería si no hacía caso al arrugado folleto. Era un pasaje de vuelta a casa. 

Amaneció abrazado a la almohada, su fiel compañera de noche. Había sido una noche larga, con sudores fríos a causa de los nervios. Una vieja maleta, la cual hacía años que no usaba, fue llenada de un poco de ropa, un par de libros y un mucho de esperanzas y anhelos. Atrás quedaron las puertas con barrotes, las malas compañías, los cacheos rutinarios y la mala comida. Después de cinco años, la libertad. Y con ella, la vuelta a casa. 

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Tarifa

Estrellado. Así está el cielo desde el suelo en el que me hallo. Negrura, belleza infinita. Las estrellas parpadean cómo si quisiesen que no dejara de verlas. A unos metros, iluminado, el antiguo faro. El mar se muestra ante mí totalmente en calma, cómo si el último hombre que se tragó hace unos días hubiese calmado a esa infinidad de agua que, en muchas ocasiones, castiga con muertes a los pueblos costeros más que bendecirlos con peces. Estoy sentado al borde del acantilado, solo,  entretenido viendo a lo lejos las luces de algún pueblo marroquí con nombre que desconozco. Ojalá que esta hermosa noche de soledad buscada no acabe nunca. 

Nocturniae

Soñar despierto y no dormir nunca es algo que, por desgracia, no he llegado a perfeccionar aún. Todo me quita el sueño, excepto el café mañanero y el té de sobremesa que, mirando a través de la ventana mientras llueve, tomo excesivamente caliente. Necesitamos de sueños como un avión necesita combustible para acelerar, despegar, volar y, en el mejor de los casos, volver sano y salvo a tierra. Pero yo, más que queroseno o café necesito de sueños. El mundo onírico, en ocasiones, o casi siempre, suele ser mucho mejor que el real; no existen límites, excepto aquéllos que tu cabeza se autoimpone por no ser lo normal, lo lógico. 

Necesitamos de sueños. Al final son éstos el verdadero combustible de la vida, porque el que no tiene sueños habrá respirado, es cierto, pero nunca habrá vivido.

Mañana será otro día. Buenas noches. 

Promesas

Hice una promesa en su lecho de muerte. Mientras todos llorábamos su pérdida, a mí se me ocurrió una promesa: velar porque su hijo – mi sobrino- y mi hermana – su mujer- no les faltaría ninguna cosa mientras yo existiese. 

Y es que una promesa está para cumplirla, cueste lo que cueste. Pero sobre todo si ésta se hace mientras acaricias el cuerpo, ya sin vida, de un ser querido. 

Nox atra cava circumvolat umbra*


La noche, gran compañera de juergas, crímenes y desvelos; de pasiones, terrores y pesadillas. Tememos a la oscuridad pero la necesitamos para encubrir nuestras más profundas vergüenzas, nuestros más memorables sueños.

Nos arropa con su mando estrellado y nos atormenta con su oscuridad profunda.

Y mientras que tú sólo duermes, yo eternamente sueño.

*La noche negra nos envuelve con su envolvente sombra.

Cuestión de minutos 

Llevaba años postrada en una silla de ruedas. Su cuerpo, una prisión para ella. La mente, por suerte, no conocía de barreras físicas; escapaba una y otra vez sin necesidad de mover ni un sólo músculo. Pensar en el mañana se le antojaba una locura, una condena absurda después de tanto tiempo pensando en acabar con aquello. 

No necesitaba más soledad. No quería seguir con la ausencia de futuro, de falta de sueños,  de noches en blanco mirando al techo, deseando no despertar. 

Podía mover los brazos y las manos, pero de cintura para abajo era un trasto inútil. Sus piernas eran objetos inanimados carentes de sentido en aquel cuerpo. Sentía la necesidad de ser libre a costa de lo que fuese. Acabar de una vez por todas, dejando tras de sí un mar de lágrimas en aquellas personas que la quisieron, y que la querrán cuando se marche sin hacer demasiado ruido. 

Ser libre es la idea. Y así fue como luchó por alcanzar sus alas, disfrazadas de un montón de pastillas. 

Llegó el momento. Agarró un papel en blanco y plasmó una bonita despedida rememorando tiempos pasados, momentos de una vida que, en unos minutos, sería muerte. 

Abrió la tapa del bote, tomó un vaso de agua y masticó aquello hasta convertirse todo en una papilla mortal. Tragó y se quedo echada en la cama con una foto de su marido e hija entre sus manos. Suspiró y cerró los ojos. 

Ellos se fueron dos años antes por culpa de un accidente de tráfico. Pero ella sobrevivió y condenó cada momento de su vida por la mala suerte de haberse cruzado con un conductor borracho de camino al monte, como cada domingo. 

Ya notaba el efecto de las pastillas. Más cerca del fin logró sentir cómo se apagaba su cuerpo y cómo su mente deliraba. 

Atrás quedó el dolor. Por fin consiguió las alas que necesitaba para ser feliz. Ya estaba más cerca de estar con su hija y su marido. Sólo era cuestión de minutos. 

La corriente

Bajaba el río lleno de deshechos, maleza y podredumbre. La naturaleza de alrededor no estaba mucho mejor, aunque había alguna que otra florecilla moribunda, marchitándose por el cambio de estación. Tocaba frío. Ese invierno sería duro. 

La tarde caía sobre los hombros de las montañas; las cabezas de los hombres, atormentadas por la oscuridad, eran pasto de pesadillas. Unos nubarrones oscuros, inmensos, se adivinaban a unos kilómetros del caudal hediondo intoxicado por la mano del hombre. 

De repente un suspiro acompañado de un trueno; y esos truenos fueron acompañados de rayos, relámpagos y torrentes. Por fin la lluvia. Una masa furiosa de agua arrastró toda la inmundicia dejada en el cauce del río al igual que un nuevo amor purifica los malos recuerdos vividos, los besos no dados y los sucesos jamás ocurridos. 

Dejemos pues que la lluvia nos libere del peso del pasado y nos aclare el futuro incierto. 

Por fin llueve. Y, después de eso, siempre, sale el sol. 

In aeternum

Se levantó del suelo, se sacudió la arena de los pantalones vaqueros y miró a los lados. Tenía deseos de respirar un poco más de mar, de salitre, y soltar al viento toda y cada una de las palabras que había callado durante años. No fue sencillo para su cerebro recomponer pieza a pieza sentimientos, recuerdos, medias verdades, mentiras enteras y soledades no buscadas. Se acababa el verano y necesitaba orden, tranquilidad, sosiego.

Durante largo rato anduvo esquivo, perdido en su cabeza, reviviendo cada instante pasado. Se preguntaba, una y otra vez, si mereció la pena acabar aquella noche de esa manera. Y sí, sonrió al segundo de pensar que todo cuanto hizo no fue en balde.Ella también lo deseaba.

Se paró frente a un supermercado cerrado, sacó su cajetilla de tabaco y prendió un cigarrillo. El humo le hizo cerrar los ojos, el recuerdo de ella le sacó una sonrisa. Quizás, al fin y al cabo, el verano acababa pero no así el recuerdo del mismo.

Historia de dos ciudades, Charles Dickens

Un clásico de la literatura inglesa del siglo XIX. Un gran libro sobre las diferentes realidades de la tranquila Inglaterra y la convulsa Francia revolucinaria, cuna del terror y el despotismo. Una obra densa en contenido y de lectura no precisamente ágil, pero necesaria. Los prejuicios toman nombre de ciudad y de sus gentes, ya que Dickens no conocía la vida real de la Francia de la Revolución.

Puntuación: 7,8/10historia de dos ciudades

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