Promesas

Hice una promesa en su lecho de muerte. Mientras todos llorábamos su pérdida, a mí se me ocurrió una promesa: velar porque su hijo – mi sobrino- y mi hermana – su mujer- no les faltaría ninguna cosa mientras yo existiese. 

Y es que una promesa está para cumplirla, cueste lo que cueste. Pero sobre todo si ésta se hace mientras acaricias el cuerpo, ya sin vida, de un ser querido. 

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Nox atra cava circumvolat umbra*


La noche, gran compañera de juergas, crímenes y desvelos; de pasiones, terrores y pesadillas. Tememos a la oscuridad pero la necesitamos para encubrir nuestras más profundas vergüenzas, nuestros más memorables sueños.

Nos arropa con su mando estrellado y nos atormenta con su oscuridad profunda.

Y mientras que tú sólo duermes, yo eternamente sueño.

*La noche negra nos envuelve con su envolvente sombra.

Cuestión de minutos 

Llevaba años postrada en una silla de ruedas. Su cuerpo, una prisión para ella. La mente, por suerte, no conocía de barreras físicas; escapaba una y otra vez sin necesidad de mover ni un sólo músculo. Pensar en el mañana se le antojaba una locura, una condena absurda después de tanto tiempo pensando en acabar con aquello. 

No necesitaba más soledad. No quería seguir con la ausencia de futuro, de falta de sueños,  de noches en blanco mirando al techo, deseando no despertar. 

Podía mover los brazos y las manos, pero de cintura para abajo era un trasto inútil. Sus piernas eran objetos inanimados carentes de sentido en aquel cuerpo. Sentía la necesidad de ser libre a costa de lo que fuese. Acabar de una vez por todas, dejando tras de sí un mar de lágrimas en aquellas personas que la quisieron, y que la querrán cuando se marche sin hacer demasiado ruido. 

Ser libre es la idea. Y así fue como luchó por alcanzar sus alas, disfrazadas de un montón de pastillas. 

Llegó el momento. Agarró un papel en blanco y plasmó una bonita despedida rememorando tiempos pasados, momentos de una vida que, en unos minutos, sería muerte. 

Abrió la tapa del bote, tomó un vaso de agua y masticó aquello hasta convertirse todo en una papilla mortal. Tragó y se quedo echada en la cama con una foto de su marido e hija entre sus manos. Suspiró y cerró los ojos. 

Ellos se fueron dos años antes por culpa de un accidente de tráfico. Pero ella sobrevivió y condenó cada momento de su vida por la mala suerte de haberse cruzado con un conductor borracho de camino al monte, como cada domingo. 

Ya notaba el efecto de las pastillas. Más cerca del fin logró sentir cómo se apagaba su cuerpo y cómo su mente deliraba. 

Atrás quedó el dolor. Por fin consiguió las alas que necesitaba para ser feliz. Ya estaba más cerca de estar con su hija y su marido. Sólo era cuestión de minutos. 

La corriente

Bajaba el río lleno de deshechos, maleza y podredumbre. La naturaleza de alrededor no estaba mucho mejor, aunque había alguna que otra florecilla moribunda, marchitándose por el cambio de estación. Tocaba frío. Ese invierno sería duro. 

La tarde caía sobre los hombros de las montañas; las cabezas de los hombres, atormentadas por la oscuridad, eran pasto de pesadillas. Unos nubarrones oscuros, inmensos, se adivinaban a unos kilómetros del caudal hediondo intoxicado por la mano del hombre. 

De repente un suspiro acompañado de un trueno; y esos truenos fueron acompañados de rayos, relámpagos y torrentes. Por fin la lluvia. Una masa furiosa de agua arrastró toda la inmundicia dejada en el cauce del río al igual que un nuevo amor purifica los malos recuerdos vividos, los besos no dados y los sucesos jamás ocurridos. 

Dejemos pues que la lluvia nos libere del peso del pasado y nos aclare el futuro incierto. 

Por fin llueve. Y, después de eso, siempre, sale el sol. 

In aeternum

Se levantó del suelo, se sacudió la arena de los pantalones vaqueros y miró a los lados. Tenía deseos de respirar un poco más de mar, de salitre, y soltar al viento toda y cada una de las palabras que había callado durante años. No fue sencillo para su cerebro recomponer pieza a pieza sentimientos, recuerdos, medias verdades, mentiras enteras y soledades no buscadas. Se acababa el verano y necesitaba orden, tranquilidad, sosiego.

Durante largo rato anduvo esquivo, perdido en su cabeza, reviviendo cada instante pasado. Se preguntaba, una y otra vez, si mereció la pena acabar aquella noche de esa manera. Y sí, sonrió al segundo de pensar que todo cuanto hizo no fue en balde.Ella también lo deseaba.

Se paró frente a un supermercado cerrado, sacó su cajetilla de tabaco y prendió un cigarrillo. El humo le hizo cerrar los ojos, el recuerdo de ella le sacó una sonrisa. Quizás, al fin y al cabo, el verano acababa pero no así el recuerdo del mismo.

Historia de dos ciudades, Charles Dickens

Un clásico de la literatura inglesa del siglo XIX. Un gran libro sobre las diferentes realidades de la tranquila Inglaterra y la convulsa Francia revolucinaria, cuna del terror y el despotismo. Una obra densa en contenido y de lectura no precisamente ágil, pero necesaria. Los prejuicios toman nombre de ciudad y de sus gentes, ya que Dickens no conocía la vida real de la Francia de la Revolución.

Puntuación: 7,8/10historia de dos ciudades

Inalterable

Pasa sin detenerse, sin mirar atrás. No saluda ni tiene un buen gesto  por nada ni nadie. Gira sin miramientos. A unos se les hace eterno pensar en él; otros, los menos, ni se preguntan  el por qué, simplemente lo aceptan. Eterno para muchos, rápido para la mayoría.

No esperes nada bueno de él. No tiene amo, no padece de sueño, ni sufre temor por el daño que causa. Por lo tanto, vivamos.

El tiempo, palabra que causa miedo y desazón; estragos en aquél que lo teme y tristeza en aquella persona a la que se le escapa. Al final todo se mide por él, incluso una vida entera.

Vivir. Soñar. Sufrir. Morir. Es nuestro destino.

Desvelos

Una madrugada cualquiera de un día cualquiera. Todos duermen en la casa, menos yo. Hasta el gato está tranquilo, dormido, entre los pies de ella, mi pareja. Me pregunto qué estarán soñando, y qué de lo que sueñen se podrá hacer realidad. Todos fuimos jóvenes, inmaduros y con unas perspectivas de futuro bastante alentadoras, y eso fueron sueños para mí, pero de los inalcanzables.

Deberíamos dormir menos y vivir más, al fin y al cabo ya descansaremos cuando nos llegue el momento de irnos al otro barrio. Y qué menos que hacerlo habiendo soñado mucho y vivido otro tanto.

Son las tres de la mañana y mis musas no están, mi sueño no llega a tiempo y tengo unas pocas horas hasta que el reloj me despierte de mi vida onírica.

Bostezo recordando que como dijo Calderón de la Barca: “la vida es sueño,  y los sueños, sueños son”.

Buenas noches.

1984, George Orwell

IMG_20170910_225021_558¿Puede el gobierno de un país ejercer la implacable vigilancia de sus ciudadanos? ¿somos realmente sentatos  cediendo nuestra intimidad a los líderes políticos en pos de la seguridad?

Novela imprescindible y dura crítica sobre el poder totalitario que ejerce el Estado sobre sus ciudadanos.

¿Libertad o seguridad? Tú decides.

Puntuación: 10/10

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